 Más de cuatro millones de parados es el balance social de la enésima crisis sistémica que atraviesa el capitalismo. Son datos tramposos porque la estadística oficial cuenta como empleados a personas que trabajan un mínimo de dos horas a la semana y porque detrás de esa cifra de parados oficial se esconde una cantidad mayor de personas que no aparecen en las listas del paro. Además la cifra se multiplicaría exponencialmente si añadiéramos a todas aquellas personas que tienen unas condiciones laborales claramente insuficientes para asegurar su propia subsistencia.
La paradoja del paro
Desde el punto de vista de los capitalistas la existencia del paro es paradójica. Por un lado, a los empresarios les conviene su existencia, el “ejército industrial de reserva” como lo llamaba Marx, porque les asegura una posición aun más ventajosa en la negociación de las condiciones laborales con las personas que desean un trabajo (es el conocido argumento de “si no aceptas estas condiciones, ya vendrá otro a ocupar tu lugar”). Es uno de los mejores instrumentos para domesticar a la clase trabajadora.
Pero, por otro lado, a los empresarios tampoco les conviene una paro excesivo. No les conviene porque, simplificándolo un tanto, a menos trabajadores menos consumidores. Si hay menos consumidores se contrae la demanda, si se contrae la demanda baja el consumo y con el descenso del consumo aparece la crisis de subconsumo. Una crisis de excedentes productivos que no se pueden colocar en el mercado, lo que acelera la tendencia decreciente de la tasa de ganancia de los empresarios (estamos hablando en general, no de un empresario en concreto o de una empresa en particular).
La solución al subconsumo no pasa, como podría pensarse ingenuamente, porque sean los propios capitalistas los que lleven el peso del consumo. Atenazados por el continuo descenso de la tasa de ganancia, los capitalistas se ven obligados a destinar cada vez mayor cantidad del capital obtenido a volver a poner en marcha el ciclo capitalista, so pena de quedar en franca desventaja con respecto a otros capitalistas y acabar por desaparecer en breve tiempo. Dicho más fácilmente, los capitalistas necesitan cada vez más dinero para poder seguir siendo capitalistas, luego tienen menos dinero para dedicarlo a otros menesteres.
Una solución fue fomentar el crédito. Ganaban los empresarios, pues los consumidores consumían y ganaban los bancos, pues las familias se endeudaban con ellos. Esta solución ya no es válida. No lo es porque se ha llegado a un punto en el que las familias ya no pueden hacer frente a los gastos de los créditos y los bancos tampoco están ya dispuestos a conceder más créditos. La burbuja del consumo a crédito explotó.
Solución a la paradoja
Pues bien, observando con mucha atención las ofertas de trabajo parece que los empresarios ya han encontrado una solución, nada original, por otro lado: empeorar las condiciones de trabajo. Empeorar las condiciones de trabajo genera menor poder adquisitivo en los trabajadores, lo que no estimula el consumo. Entonces, ¿cómo se soluciona el subconsumo empeorando las condiciones de trabajo?
Si observamos con detenimiento las ofertas de trabajo llama la atención que cada vez hay más ofertas parecidas a ésta (datos reales extraídos de una página web de búsquedas de trabajo. Subrayado nuestro):
“Gran empresa de conocido prestigio nacional e internacional busca personas con ganas de trabajar para su departamento de administración.
Requisitos mínimos: Licenciado en Administración y Dirección de Empresas. Conocimientos altos de informática (Contaplus). Inglés y Alemán imprescindibles. Vehículo propio. Buena Presencia.
Se ofrece: Contrato a tiempo parcial. Alta S.S. Plan de formación a cargo de la empresa. Horario de 8.00-13.00 horas . 350 euros.”
O este otra, destinado a personas de baja cualificación:
“Empresa de Ingenio busca mozo de almacén para trabajar días sueltos en la semana. Sueldo a convenir. Imprescindible vehículo propio y disponibilidad horaria”
La masiva proliferación de ofertas de este tipo (tampoco es casualidad, por otro lado, que sea en momentos de crisis cuando aumenten las ofertas de trabajo basadas en becas—pero de esto nos ocuparemos otro día) parece indicar que la solución a la paradoja de la que hablábamos más arriba reside en una doble estrategia encaminada a mantener la capacidad de consumo de los trabajadores, por un lado, pero reduciendo al mismo tiempo los costes salariales.
Esto se pone en práctica ofreciendo contratos por los que se trabajan más horas y se cobra menos. Ante estos sueldos de miseria, absolutamente incapaces de asegurar la subsistencia, los trabajadores se ven obligados (y aquí está el quid de la cuestión) a tener que buscar otro trabajo adicional, que será de condiciones parecidas al primero, con el que intentar asegurar una cantidad de ingresos suficiente para asegurar su subsistencia y la de su familia.
Veámoslo con un ejemplo. Un empresario antes tenía a una persona trabajando 8 horas pagándole 1200 euros. Lo despide y contrata a otro por 8 horas de trabajo y 800 euros de salario. Desde el punto de vista de ese empresario en particular la operación ha sido un éxito: ha dejado de pagar 400 euros de salario por la misma cantidad de trabajo. Desde el punto de vista del capitalismo parece (sólo lo parece) que el sistema ha perdido, pues uno de los potenciales consumidores ha visto reducido su poder adquisitivo con lo cual podrá consumir menos. Pero esto sólo es aparentemente. La solución está en la otra cara de la moneda. Ese trabajador se verá obligado a trabajar otras cuatro, seis o incluso ocho horas para recuperar el poder adquisitivo que tenía anteriormente. En resumen, el trabajador que antes tenía un sueldo de 1200 euros por ocho horas, ahora sólo podrá mantenerlo trabajando 12 o 14 horas.
La paradoja se resuelve, pues, con un doble beneficio para los empresarios y un doble perjuicio para los trabajadores: trabajar más horas para cobrar el mismo sueldo, manteniendo de ese modo la capacidad de consumo.
Armiche
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